Cruzar el Darién: el paso de la muerte por un sueño esquivo

EL COLOMBIANO atravesó junto a los migrantes el Tapón para contar cómo es el paso por esa selva hostil.

Cruzar el Darién es como cruzar el infierno. Atrás quedan los últimos vestigios de civilización en el caserío La Teca, de Acandí (Chocó), y después, por esa selva espesa solo se ven deambular los caminantes con niños, carpas, botas, ollas, galones de agua y morrales al hombro.

Caminan en fila india, organizada, como si se tratara de un ejército alineado, pero cuando el terreno lo permite y los caminos se ensanchan, los migrantes se desperdigan y siguen sus propios pasos, emulando a las mismísimas ánimas al salir del purgatorio.

Esa selva huele a de todo. Un olor metálico emanado del lodo gris y café que intenta tragarse las piernas de los migrantes para luego regurgitar sus zapatos, impregna la ropa empapada por la lluvia en los seis días que dura la travesía. Es un olor apestoso, como el de cualquier otra selva taponada de árboles y helechos, pero en las profundidades del Tapón del Darién ese olor profano poco importa; para un migrante lo realmente importante es atravesar esa muralla de 575.000 hectáreas de vegetación densa que separan a Colombia de Panamá, y así continuar su ruta a EE. UU., todo por un sueño.

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