Sab Ago 19, 2006 
El ministro y el fugado

Opinión
Elías Pino Iturrieta
El Universal



El ministro y el fugado

NO MOSTRABA BUENA CARA el ministro Chacón cuando convocó a los periodistas para informar sobre la fuga de Carlos Ortega. El ceño fruncido reflejaba su contrariedad, seguramente porque debía comentar una pésima noticia para el gobierno. O tal vez por el regaño reciente de su jefe, quien lo sometió al escarnio público cuando desde la televisión atribuyó a su incompetencia los crímenes cada vez más numerosos del sicariato.

El rostro de Chávez hubiera sido otro, distendido y desentendido, no en balde sabe jugar con las responsabilidades de sus funcionarios para quedar libre de pecado mientras el régimen demuestra sus escandalosas fallas. Lo del ministro era como para condolerse, de tan apocado que se veía mientras balbuceaba argumentos sobre la escapatoria de Ramo Verde.

Era como para salir en su auxilio debido a una obligación de caridad cristiana, si no hubiera desembuchado después un conjunto de afirmaciones deleznables sobre el fugado. Su depresión no fue suficiente para detener la descalificación de un hombre, quien ya cargaba en la celda con el peso de su infortunio.

Quizá por los consejos de su desazón o simplemente porque está en su naturaleza, el ministro optó por un ataque demoledor del prisionero que había tomado las de Villadiego, una orientación de cuño fascista y una demostración de desprecio hacia el adversario que son inadmisibles para quienes desean que se les gobierne y respete en sentido estrictamente republicano.

EL MINISTRO no vio a un cautivo que supo encontrar el camino de la libertad, sino a un jugador de bingo. Se empeñó en presentar a Ortega como un asiduo de los casinos, como un sujeto trivial a quien apenas le interesan el azar de una ruleta y los dígitos que sirven para rellenar el cartón de la suerte. Llegó a pronosticar, en la más irresponsable de las adivinanzas, que seguramente la fuga respondía a la necesidad de volver a los garitos de su costumbre.

Como los agentes de Hitler y los sicarios de Mussolini, como los acólitos de Evita Perón, hizo una obscena simplificación de la realidad y una caricatura de quien merece, como todos los ciudadanos en una república hecha y derecha, la circunspección de sus mandatarios. No se trata ahora de promover la apología del fugado, sino simplemente de exigir unas condiciones mínimas que permitan a la ciudadanía llegar a pareceres sobre la política y sobre sus protagonistas que no dependan de la manipulación y la prepotencia.

Es evidente que Ortega no se ganó un sitio entre la dirigencia sindical por labrarse el destino en los tapetes de un club nocturno. Es evidente que la sociedad no se fijó en él por su constancia en los tratos del envite. Llegó lejos por sus relaciones con la clase obrera, sean estas cuales fueren, sin que el policía de turno tenga licencia para escamotear sus credenciales.

Antes de escribir este artículo quise averiguar sobre la posición económica del fugado y obtuve noticias reconfortantes: apenas tiene medios de subsistencia que permiten a su familia un modesto pasar. La información hace que aumente la grosería de los epítetos del ministro y el sonrojo que produce su figuración en el alto gobierno.

POR SI FUERA POCO, la lógica no pudo funcionar en medio de la urdimbre ministerial. El portavoz no entendió que el argumento estaba mandado a hacer para que se le devolviera con sus bofetones. No sólo porque la "revolución bolivariana" se ha encargado de transformar a Venezuela en un paraíso de tahúres y truqueros, sino especialmente porque le faltó la nada difícil perspicacia de calcular que el menosprecio del fugado se convertía en vilipendio de sus centinelas, de esos paladines de la fuerza armada en quienes ha puesto el régimen todas sus complacencias. De acuerdo con el razonamiento del ministro Chacón, ¿no fue un superficial pigmeo el hombre quien salió como si cual cosa de la inexpugnable fortaleza de Ramo Verde, sin que se dieran por enterados esos portentos uniformados de verde oliva? Por eso no nos condolemos de su cara de funeral, señor ministro. Al contrario, creemos que la tiene merecida.

Corre el rumor de que ser usted despedido, o de que el teniente coronel tendrá la cortesía de pedir su renuncia para que la salida no se vea como el resultado de una hartura sobradamente justa. De ser así el adiós no dependerá de sus insultos contra el fugado, pues también han brotado de otros labios que suenan en las alturas del poder, sino de otro error de escogencia cometido por el teniente coronel.

Pero así son las cosas en nuestros patéticos días. En las revoluciones es habitual que el mandón pase agachado ante los fracasos y los empleados como usted "asuman la factura de los platos rotos".