ESTUVE EN UNA ESCUELA DE TERRORISMO EN
CUBA. Por Juan de Dios Marín
En Octubre de 1960 ingresé como estudiante en la primera de las "
escuelas de terrorismo" que Fidel Castro estableció en Cuba. El objetivo
de éstas consiste en entrenar a jóvenes revolucionarios, procedentes de las
20 repúblicas iberoamericanas, en el sabotaje, la subversión y la guerra de
guerrillas. Yo era uno de los tres venezolanos que en mi grupo asistíamos al
centro de adiestramiento de Tarara, situado en una propiedad costera
confiscada por el Estado, a unos 16 Km, al este de la Habana. En la actualidad
están funcionado activamente nueve escuelas similares. En ellas unos 1500
alumnos siguen cursos que duran de dos a cuatro meses y cada año se gradúan
de cinco a seis mil revolucionarios comunistas.
El superintendente e instructor jefe de la escuela de Tarara es el general
Alberto Bayo, el manco veterano de la guerra civil española quien adiestró
en México a los 80 hombres que componían la guerrilla de Castro antes de su
desembarco en Cuba en 1956. Nuestros instructores eran principalmente checos y
rusos, auxiliados por unos cubanos. Vestíamos pantalones de dril azul, comíamos
alimentos bastos y trabajábamos 16 horas diarias al día, durante los siete días
de la semana. No se nos pagaba nada, pero nos daban cupones que podíamos
cambiar por cigarrillos, hojas de afeitar, jabón y otros artículos que
escaseaban.
Se nos vigilaba constantemente. Dos muchachos que se habían estado quejando
desaparecieron. Después nos enteramos de que los habían fusilado.
Libros de textos para terroristas. En Tarara nuestro libro de texto más
importante era Ciento cincuenta puntos que debe saber una guerrilla, escrito
por el mismo Bayo. A base de diagramas y cuidadosas descripciones el manual de
Bayo enseñaba cómo fabricar diversas clases de bombas incendiarias o de
tiempo, trampas explosivas, minas, bazucas y “torpedos bangalore”.
Aprendimos a construir todo esto en las condiciones propias de campaña, y en
los más de los casos con materiales corrientes fáciles de conseguir.
Construíamos bombas con tallos de caña de azúcar, bombas que parecían
naranja. Las mechas las hacíamos con cajas de fósforos, los conmutadores eléctricos
con pinzas de tendedero y ratoneras de resorte. Se nos enseñó a robar
dinamita y mecha explosivas para los casos de sabotaje de mayor importancia .
Aprendimos las técnicas especiales para dinamitar puentes, líneas eléctricas,
oleoductos, comisarías de policías e inclusive el edificio de un congreso
nacional. Yo como venezolano leí este capítulo con gran interés, pues me
recordaba que el 4 de Agosto de 1959 una muchedumbre, dirigida por los rojos,
trató de destruir el Capitolio de Caracas.
Para cortar las comunicaciones se nos enseñó a tirar un ancla de barco,
provista de seis garfios y atada al extremo de una cuerda, sobre las líneas
de teléfonos o telégrafos y después alejarnos en un camión al que iría
atado el otro extremo de la cuerda. Aprendimos a montar faros de automóviles
accionados por baterías sobre un caballete, que se coloca en una curva de algún
camino carretero, y encendiendo los faros al momento en que se aproxima un
automóvil enemigo, hacer que el conductor, deslumbrado, se desvíe y se
estrelle.
El general Bayo ponía especial énfasis en la guerra de guerrillas y en las tácticas
terroristas en las ciudades. Se nos enseñaba cómo había que provocar una
huelga, cómo incitar a la multitud callejera al aclamar gritos contra la “
brutalidad policiaca”. Estudiábamos esquemas que indicaban la forma
de dirigir a una turba, como si se tratara de una unidad militar táctica. Se
nos daba ejemplos, tomados de motines ocurridos realmente, como el famoso
“bogotazo” de 1948, que fue organizado por los comunistas. Como resultado
de esa orgía de asesinatos, incendios y anarquía habida en Bogotá, que duró
tres días, el centro de la capital de Colombia quedó convertido en ruinas:
128 edificios fueron destruidos y murieron 4.000 personas. En un tris estuvo
que no se produjera un golpe de Estado comunista.
Después de dos meses de duros trabajos físico en la escuela de Tarara, se me
destinó a estudiar en una escuela superior en Minas del Frío, cerca del
viejo cuartel general de las guerrillas de Castro en la Sierra Maestra. La
escuela, dirigida por el general español Enrique Líster, proporciona
entrenamiento de campaña en el uso de armamento pesado, tanques, cañones
anti-aéreos y otras armas. También enseña las formas del chantaje político,
la manera de robar bancos, asaltar a los pagadores, sabotear industrias,
destruir los recursos naturales, fomentar huelgas, asesinar policías; en
resumen, cómo provocar la caída de un gobierno.
Yo debía recibir un adiestramiento de este tipo durante cuatro meses, para
prepararme a dirigir una unidad de combate táctico, dentro del grupo de
terroristas venezolanos llamados Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (
FALN). Castro quería apoderarse de Venezuela y aprovechar sus enormes
recursos en hierro y en petróleo para la dominación comunista de las demás
repúblicas americanas.
Situación peligrosa. Durante breve período de descanso que pasé en
la Habana, antes de ir a la segunda escuela, tuve algún tiempo para
reflexionar. Estaba muy claro que mi situación era extraordinariamente
peligrosa. Muchos de los demás alumnos eran ideológicamente comunistas.
La mayoría de ellos habían sido miembros de los grupos de estudio o de
las “sociedades de amigos” establecidas entre dos naciones y que los
comunistas controlan en los países de Iberoamérica. Otros habían sido
miembros de células marxistas en los gobiernos, universidades, sindicatos,
ligas campesinas, asociaciones de maestros, o en la prensa, la radio o la
televisión. Casi todos demostraban ser leales primordialmente a la Rusia soviética.
En cuanto a mí la cosa era muy diferente: yo no era comunista y antes de
llegar a Cuba no sabía nada de esa doctrina. Pero como muchos otros
venezolanos, reconocía que los comunistas habían sido enemigos declarados de
los dictadores que gobernaron a mi país hasta 1958 y, como muchos estudiantes
universitarios, los admiraban francamente. En Tarara, sin embargo lo único
que tenía yo en común con los demás estudiantes era que yo también era
“un resentido”.
Tenía 24 años, mi mujer me había abandonado (y por sobra de razones),
y tanto mi familia como la suya estaban contra de mí. Trabajaba yo como
químico ayudante en una fábrica de jabones; estaba bien pagado pero me aburría.
De Cuba llegaban noticias de que allí se operaba una sensacional transformación,
y cediendo a un impulso escribí a un amigo venezolano que vivía allá, para
preguntarle qué probabilidades de trabajar había en la isla.
Me llegó a su contestación inmediatamente. Me enviaba una tarjeta de
presentación para el director de una sociedad de amistad cubano-venezolana.
´este me aseguró que me conseguiría un puesto de técnico en Cuba, me
entregó un billete de la Cubana de Aviación y me aconsejó que partiera sin
dar explicaciones ni despedirme de nadie.
En Cuba mi guía me llevó enseguida a la hostería Rosita, donde se alojaban
unas 200 personas más, procedentes de diversos países. Al cabo de unos días
comprendí perfectamente que no había disponible ningún puesto de técnico.
Se me arregló entonces con una “beca especia” y con otras 15 personas de
las que se hospedaban en la hostería, salí pronto rumbo a Tarara.
Un muro manchado de sangre. Durante los dos meses que duró nuestra
estancia en Tarara, oímos rumores de las brutales represalias de Castro
contra sus opositores o sospechosos de serlo. Durante el tiempo que estuve en
la Habana, antes de ir a la segunda escuela, pude ver por mí mismo que el
miedo y la miseria imperaban en la ciudad. ¿Sería posible que colaborase yo
con los hombres que habían convertido a Cuba en un Estado policiaco, para que
hicieran lo mismo de Venezuela? ¡ Jamás! ¿Pero, cómo escapar? A la más
leve insinuación de malestar en aquel punto, me liquidarían. Esta fue la
suerte que cupo por lo menos a otros seis de mis compatriotas, cuyos nombres
ya ha dado a conocer el gobierno de Venezuela.
Mi única esperanza residía en terminar el curso de cuatro meses en Minas del
Frío, y después volver en secreto a Venezuela con el titulo de oficial de la
FALN. Ya encontraría el modo de emplear contra los comunistas todo lo que había
aprendido en las “academias del Dr. Castro”.
Unas de las primeras cosas que hicimos en Minas, fue llenar un largo
cuestionario tocante a prominentes personajes de nuestro país. ¿Era jugador
el senador A, tenía alguna amante, bebía demasiado, contraía grandes
deudas? ¿ Qué rumores habíamos oídos sobre los vicios del juez B o del
comandante de policía C? ¿ Era cierto que el líder sindicalista D o el
periodista F practicaba el chantaje o se dejaba sobornar? Las respuestas de
los estudiantes eran cotejadas en alguna parte y se trazaba un plan a fin de
aplicar el chantaje a las víctimas y obligarlas a acatar los designios
comunistas.
En Minas éramos unas 1000 personas, la mayoría procedentes de Venezuela y
Colombia. Como se contaba con que yo operase a su tiempo en las montañas del
norte de Venezuela, recibí un adiestramiento especial en montañismo, el que
se me dio en pico Turquino, la montaña más alta de Cuba. Después se me
incorporó a un grupo al que estaban preparando para asesinar al entonces
presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt. Ya se había intentado asesinarlo
el 24de Julio de 1960;Betancourt había resultado gravemente herido y muerto
su primer ayudante,
Al saber la existencia de este nuevo complot me estremecí de miedo; no podía
pensar en otra cosa. Después de varios días de cautelosa preparación
conseguí hacer saber la existencia de este proyecto al cónsul venezolano en
la Habana, pero al dar tal paso desperté sospechas. Se me hizo objeto de
estrecha vigilancia. Una noche, mientras revolvía el escritorio de la oficina
del general Líster en busca de mayores detalles, me sorprendieron infraganti,
me dieron una paliza y me metieron en una celda a puntapiés.
Los cinco meses siguientes fueron un infierno. Se me llevó de una prisión a
otra, y así recorrí una docenas de cárceles. En algunas permanecía
incomunicado, en otras se me rodeaba de probables soplones . Era
interrogado constantemente y se me aplicaba una técnica muy socorrida: ya era
injuriado soezmente por otros. M e golpeaban brutalmente, me privaban de todos
alimentos, y al fin me encerraron en una cerda a vapor. En una de las cárceles
pude observar a 30 estudiantes procedentes de Colombia, Ecuador, y Perú,
que iban a ser fusilados por haberse negado a proceder como agentes de Castro
en contra de su patria. Estaba seguro que ese sería mi destino final. Nadie
de mi familia sabía nada de mí; mi única esperanza estribaba en que el
consulado de Venezuela tomara cartas en el asunto.
El fracaso de bahía de Cochinos vino aumentar mis amarguras, pues mis
verdugos estaban seguros que yo sabía acerca de ello. Para hacerme hablar me
colocaron frente a un muro de ejecuciones de la cárcel, que todavía estaba
salpicado con la sangre fresca de las docenas de desdichados a quienes habían
fusilados tras el intento de invasión. Me vi delante de seis cañones de
fusil. Durante largos segundos después de la descarga, estuve demasiado
aturdido para darme cuenta de que los soldados habían disparado sus rifles,
pero sin balas. Se me necesitaba para continuar el interrogatorio.
Cómo me escapé de Cuba. Para ganar tiempo empecé a fingir que sufría
de ataques de epilépticos. Afortunadamente el plan tuvo éxito y se me envió
al hospital de la prisión. En ella encontré a un guardia que estuvo
dispuesto a telefonear en mi nombre al consulado venezolano. Después de media
hora y muchas discusiones, la cónsul, Josefina Hache, y el encargado de
negocio Francisco Quijada, obtuvieron permiso para visitarme.
Su valor y persistencia me salvaron la vida. Después de muchas demoras,
lograron canjearme por un cubano preso en Venezuela y me consiguieron sitio en
un avión de la KLM que salía hacia Caracas. Incluso entonces mi salvación
no era segura. Yo llevaba en la memoria demasiados detalles de la campaña
cubana contra Venezuela. Dos personas, a quienes reconocí como agentes
secretos cubanos, tomaron el mismo avión.
Durante el vuelo, me dirigí a la cabina y convencía al piloto para que se
comunicara con la torre de Caracas y solicitase que se me diera protección.
Cuando aterrizamos, di un suspiro de alivio: la policía secreta venezolana
rodeaba el avión para conseguir que no ocurriese nada y que pudiera contarles
lo que sabía.
En Venezuela, ingresé en la policía secreta y desde entonces he utilizado lo
que aprendía en las escuelas de terrorismo para ayudar a reprimir la amenaza
terrorista que se hacía más grave a medida que se aproximaban las elecciones
de diciembre de 1963. Un mes antes de las elecciones, la policía descubrió
el envío de tres toneladas de armas castristas y se apropió de un plan
preparado por las FALN para la ejecución de otro “bogotazo” en Caracas.
Este plan incluía mapas y señalaba los objetivos principales: centros
militares, el Ministerio de la Defensa y centrales telefónicas. Mostraba la
distribución y empleo de las fuerzas y enumeraba los armamentos que se
utilizarían para el ataque. Tomando como base estos documentos, así como la
larga serie de asesinatos, secuestros y explosiones, obra de la FALN, el día
25 de Julio de 1964 la Organización de los Estados Americanos ( OEA) aprobó
la imposición de sanciones contra Cuba.
Las elecciones nacionales de Venezuela constituyeron uno de los
acontecimientos más dramáticos e importantes en la historia de este país.
Casi todos los votantes registrados (cerca de tres millones de personas en
total) desafiaron a los terroristas y sus amenazas de bombardear y ametrallar
las colas de votantes, y votaron. Este voto, al hacer posible que, por primera
vez en Venezuela, un gobierno democráticamente elegido fuese sucedido pacíficamente
por otro elegido de la misma manera, determinó la derrota más decisiva
sufrida hasta entonces por el comunismo en este continente.
Fuente: Selecciones del Reader´s Digest Enero de 1965