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Mi reclusión Cuando tomé la decisión de actuar sabía que era natural que surgieran conflictos inesperados, sabía también que es natural que surgieran heridas, lo que no sabía era la magnitud del conflicto ni la profundidad de las heridas. Las consecuencias de la responsabilidad las soporto con mi conciencia en paz y mi orgullo muy en alto; no he cometido otro delito que no sea darle toda la franqueza a la voz de mi garganta para manifestar el profundo desacuerdo con la realidad política que vive y que ha vivido mi país y esto me ha demostrado que la palabra es poder, que las palabras transforman al mundo y al hombre. Las heridas se curan pero quedan las cicatrices, y esto para mí es una bendición, estas cicatrices permanecerán conmigo el resto de mi vida. Me mostrarán las marcas de las esposas, me recordarán los horrores de la prisión, los sonidos de las cadenas, cerraduras y candados, pero continuaré mi camino hacia adelante. El camino en la prisión se me ha puesto muy difícil, siempre procuro escuchar mi corazón, ser lo más honesto posible conmigo mismo, miro si realmente estoy siguiendo mi camino, pagando el precio de mis sueños. Seguir un sueño tiene su precio, aunque nunca es tan alto como el que paga el que no vive su propia leyenda personal. Sueño con un país de progreso, con una patria llena de futuro y oportunidades. Sueño con que nuestros jóvenes recién casados, con salario mínimo y bebé en camino, no vivan la pesadilla de ser excluidos de la dignidad humana. Sueño con no seguir compartiendo el llanto de esas madres que no tuvieron tiempo de despedirse de sus hijos asesinados por la inclemente barbarie desatada en todos los estratos sociales de nuestras comunidades. Sueño con escuelas de primer mundo, dignas y aptas para educar a nuestros niños, donde no se acostumbren a hacer pipí detrás de una pared, debajo de un árbol o simplemente en un tubo tapando su inocente intimidad con una tablita, acostumbrados a vivir y adaptarse desde temprano a una vida miserable. Sueño con hospitales bien dotados, donde no haya que comprar hasta el jabón para que los médicos se laven las manos. Sueño con carreteras sin huecos, donde viajar por tierra no se convierta en el horror de estamparnos el sello de la tristeza en el corazón por la pérdida de un ser querido. Por eso bien vale la pena pagar el precio de mis sueños y si en algún momento el aguijón de mi conciencia me reclama y la voluntad de volver al pasado es muy grande, me bastará con voltear la mirada y ver mis cicatrices, y con satisfacción escucharé a mi corazón decir: “No he despreciado mi vida”. Ahora el futuro llama a nuestra puerta y todas las ideas, excepto las que envuelven prejuicios, tendrán la oportunidad de surgir. Lo que sea importante quedará, lo que sea inútil desaparecerá pero eso sí, que cada uno juzgue simplemente sus propias conquistas. Nosotros no somos los jueces de los sueños de nuestro prójimo, porque para tener fe en nuestro camino, no es preciso demostrar que el camino del otro es equivocado. El que actúa así no confía en sus propios pasos. José (Maraco) Dacre |