| "Hay que sobreponerse al miedo, porque si no, lo perderemos todo" |
| lunes, 06 de abril de 2009 | |
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Los 30 años de sentencia los tomó por sorpresa. Sin embargo, el
ánimo permanece en alto y anuncian que la lucha continúa
El Nacional
Odalys Forero tiene tres años visitando regularmente a su padre, Lázaro Forero en la sede de la Disip. El rostro de ella es conocido, una presencia fuerte. Pero ayer, cuando llegó a la visita del domingo con su hija Oriana, de 9 años, el funcionario de la puerta principal le preguntó quién era. Ella se identificó y él le dijo: "Es la primera vez que te veo por aquí". Ella se subió los lentes y le respondió con desenfado (o con enfado, como quiera verse): "Pues grábate mi rostro, porque lo vas a ver aquí por los próximos 30 años". Y es que 3 décadas fue la sentencia que dictó la jueza Marjorie Calderón el 2 de abril, en contra de los comisarios de la Policía Metropolitana Lázaro Forero y Henry Vivas; así como también contra el comisario del Cicpc, Iván Simonovis, los tres recluidos en la Disip.
Ayer, domingo de Ramos, era la primera vez que estos funcionarios se
iban a encontrar con sus familias, luego de haber escuchado la
sentencia.
Desde las 11:00 am comenzaron a llegar los amigos y conocidos al Helicoide. Oriana llevaba en su regazo un álbum de fotos. En la portada, una gráfica de ella con su abuelo. También llevaba una cajita de bombones. Pero todo lo dejó bruscamente cuando lo vio. Apenas apareció su figura sonriente, la niña corrió a abrazarlo. Más atrás fue Odalys. Ellas no pudieron contener el llanto, y él las consolaba tranquilizándolas. Les decía que todo iba a estar bien, las abrazaba más fuerte y ellas, poco a poco, se componían. Ataviado con una chemise de rayas y unos jeans, Forero se sentó en una mesita para cuatro, en la sala de visita, revisando con cariño las fotos. "Mentiría si dijera que estoy perfectamente bien; pero tampoco estoy destrozado. Todavía no he reaccionado, no lo he asimilado. Me siento como un boxeador, listo para la pelea, que apenas se monta en el ring le dan un nocaut y cae tendido al piso, inconsciente; y al rato se despierta y pregunta: "¿Cuándo es que empieza la pelea?". Esto me parece un sueño del que voy a despertar en cualquier momento y va a ser mentira". Confiesa que su ánimo está en alto, que no ha decaído, aunque tiene pocas esperanzas en los próximos pasos judiciales que les toca enfrentar. El comisario comenta con su hija algunas de las incidencias del juicio. Luego él le dice que le parece inconcebible que además tengan que pagar los costes del proceso, incluyendo los honorarios de los abogados acusadores. Entonces ella le pregunta con sorna: "Porque si no qué, ¿te van a meter preso?". El cuarto, con aire acondicionado instalado recientemente gracias a los buenos oficios de un empresario que está preso y con ánimos de comodidad, es muy sencillo. Tiene cerca de 10 mesas, con mantelitos individuales de colores pasteles. A medida que se acerca el mediodía, la sala se va llenando de olores apetitosos, es hora de almuerzo, es domingo y día de visita. Al rato llega Henry Vivas. También sonriendo. Abraza a sus sobrinos que son las primeras visitas del día. Los reclusos no pueden recibir a más de dos personas por vez, a menos que sean menores de edad, en ese caso no hay restricciones. Las muchachas lloran, pero él las consuela. Las abraza fuertemente. Por más tranquilizador que parezca su tono, en realidad, el rostro de las chicas es revelador. Tienen miedo, tristeza y preocupación. La última en llegar es Bony, esposa de Iván Simonovis. Viene acompañada de sus dos hijos y de su mamá. Justamente ayer cumplían 18 años de casados. "Y este es el regalo que tenemos", se decían bromeando entre ellos. Se acerca y entrega el papel que contenía las respuestas a un cuestionario que les había sido enviado previamente a estos tres comisarios. Conversa un rato. Asegura que se siente aliviado, no por la cantidad de años que le impusieron como pena; pero sí de saber el veredicto. Por lo menos ahora tiene un futuro claro sobre el cual hacer planes. Con unos pantalones cargo y una camisa de la selección alemana de fútbol, habla rápido y con ímpetu. "Mi familia y yo ahora nos vamos a dedicar a planificar. Lo más difícil de esto es tener que explicarle lo que pasó a mis hijos. Pero estamos muy unidos; igual con mi esposa. Ella era antes mi compañera; ahora es mis ojos, brazos, mis oídos. Lo bueno es que como también es mi abogada, a veces, en las visitas de trabajo, tengo la oportunidad de robarle un beso", dice Simonovis, mientras ella lo invita a que venga a la mesa. Que se siente con ellos y que comparta el primer día del resto de los que le quedan sabiendo que la lucha continúa. |