CARACAS.- Cuando se iniciaron las investigaciones por el
asesinato de Danilo Anderson, el fiscal general, Isaías Rodríguez,
afirmó que el Ministerio Público podía llenar un autobús con las
personas responsables del crimen. Pero hoy, exactamente tres años
después del atentado, ocurrido el 18 de noviembre de 2004, apenas
tres puestos de ese colectivo han sido ocupados. Sólo tres personas,
Rolando, Otoniel y Juan Bautista Guevera, están tras las rejas, con
penas de entre 27 y 30 años de prisión como autores materiales del
homicidio.
Desde una celda de máxima seguridad en la sede de la Dirección de
los Servicios de Inteligencia y Prevención (Disip), en El Helicoide,
Rolando y Otoniel Guevara accedieron a responder un cuestionario
enviado por El Tiempo.
Interrogantes
“No hay elementos que nos incriminen en la comisión de ese
homicidio. Eso es incontrovertible. Los asesinos de Anderson siguen en
libertad, disfrutando de este sistema penal politizado. No hay
declaración alguna o experticia que justifique nuestra detención y
posterior condena. ¿Por qué se valieron de una llamada telefónica
anónima? ¿Por qué se promovió a testigos de manera ilegal? ¿Por
qué se prohíbe la publicación de las actas de nuestro juicio y su
exposición al control social? Eramos los sospechosos cotidianos y estábamos
aquí. No huimos, cada vez que nos buscaban nos encontraban”. Esto
es lo que sostiene Otoniel.
Los Guevara aseguran desconocer por qué fueron involucrados en el
caso y también aseveran que no manejan ninguna hipótesis sobre las
causas de la eliminación física del fiscal Anderson.
“Por orden del Ministerio Público el expediente fue mutilado. A los
Guevara no se nos permitió tener acceso a las veintitantas piezas del
caso. Solamente pudimos ver ocho y en ninguno de los folios
aparecieron las declaraciones publicadas por los medios, lo que
demuestra una vez más el interés de que no se sepa la verdad.
Lamentablemente, para los días en que ocurrió el homicidio entró en
vigencia la famosa Ley Resorte, lo que limitó el trabajo de los
medios de comunicación, que son los únicos que han tratado de
investigar de forma seria y seguro hubieran llegado a la verdad”,
declara Rolando.
Los hermanos Guevara dicen que desde hace mucho tiempo altos
funcionarios deseaban verlos tras las rejas, tal vez -acotan- por la
influencia que todavía podían ejercer dentro de los cuerpos
policiales. Rolando fue efectivo de la entonces Policía Técnica
Judicial y Otoniel de la Disip.
“Nuestra actuación dentro de la Disip y el Ctpj, hoy Cicpc, nos ha
creado ascendencia en el personal subalterno y respeto de los compañeros.
Y eso es parte del temor que tiene el régimen”, declara Rolando.
Ambos, él y Otoniel, recuerdan que en 2002 fueron involucrados en
diversos casos, pero nunca, hasta el asesinato de Anderson, pudieron
ser implicados directamente. Primero fueron señalados de haber
formado parte en la red que mantuvo clandestinamente en Venezuela a
Vladimiro Montesinos, ex asesor del presidente peruanoAlberto
Fujimori. Esta causa fue cerrada recientemente.
Durante los sucesos de abril de 2002 sus oficinas fueron allanadas por
efectivos militares, quienes intentaban dar con el paradero de los
francotiradores que dispararon en los alrededores de la céntrica
avenida Baralt. Un par de años después fueron citados a declarar en
la investigación por la presencia de presuntos paramilitares
detenidos en la finca Daktari
(Caracas).
También fueron interrogados por la colocación de artefactos
explosivos en las sedes diplomáticas de España y Colombia.
En la mira
“Se nos estaba haciendo la cama y estábamos tan rayados que la
gente no se paraba ni a pedirnos una dirección para no salir en la
foto”, refiere Otoniel.
Los hermanos Guevara fustigan duramente la forma como el Ministerio Público
ha llevado a cabo las investigaciones del caso Anderson, en especial
la conducta asumida por su titular.
“El papel del fiscal Julián Isaías Rodríguez deja mucho que
desear”, opina Rolando.
“Rodríguez es un operador político extremadamente poderoso y ante
el dolor que experimentó por la muerte de su hombre de confianza
desató una cacería que arrastró a tres hombres inocentes. Cuando se
dio cuenta de la manera torpe como llevaba el caso intentó detenerse
y corregir lo que había dañado, pero había hablado tanto que apenas
se salvaron los supuestos autores intelectuales”, agrega Otoniel.
También cuestionan la conducta de Sonia Buznego, Turcy Simancas,
Hernando Contreras, Yoraco Bauza y Gilberto Landaeta, fiscales
encargados de la averiguación. Con mayor dureza condenaron a éste último,
quien practicó el interrogatorio a Geovanny Vásquez De Armas,
testigo clave del Ministerio Público para lograr la condena contra
los Guevara.
“Gilberto Landaeta, quien estuvo involucrado en un homicidio cuando
se desempeñaba como efectivo de la Policía de Baruta, y quien buscó
llegar a mí, a través de distintas personas, para que se cerrara esa
investigación llevada por la División de Homicidios del Cicpc,
ciertamente fue no sólo quien le hizo la primera entrevista a
Geovanny Vásquez De Armas, sino también le hizo la segunda, la
tercera y la cuarta, el mismo día y a la misma hora, pero con
preguntas distintas para imputar a los supuestos autores materiales y
a los intelectuales”, puntualiza Rolando.
“Gilberto Landaeta fue el fiscal protagonista de nuestra persecución
y, según un trabajo periodístico, tiene una cédula de identidad
casi correlativa con la de Vásquez, expedidas en el estado Vargas.
Pudiera ser más que una coincidencia la incorporación de Vásquez
como testigo al expediente, pero la Fiscalía nunca desmintió el
trabajo periodístico y tuvo a bien presumir la buena fe del
testigo”, añade Otoniel.
Los hermanos Guevara no olvidan el papel de los ex jueces Maikel
Moreno y Belkis Cedeño, quienes -aseguran- utilizaron influencias en
los tribunales para lograr sus aprehensiones. Tampoco olvidan el rol
de Luis Cabrera, responsable del juicio y de la sentencia
condenatoria.
Afirman que el croquis hallado en uno de los cubículos de la oficina
que compartía Rolando Guevara, y que describía la ruta seguida por
Anderson después de salir del Instituto Universitario de Policía
Científica (Iupolc), intencionalmente fue llevado al sitio por
funcionarios al intentar justificar las sospechas de la Fiscalía.
Aseveran además que durante el juicio ningún testigo pudo precisar
haber visto a Juan Bautista Guevara cerca de la camioneta del fiscal
fallecido. Recalcan que él nunca negó haber estado en el Iupolc el día
del asesinato, pero enfatizan que su sola presencia en el lugar no
puede servir de elemento para incriminarlo.
“Siempre fuimos sospechosos de la Fiscalía, porque allí se quería
que fuéramos nosotros. No interesaban otros nombres y mucho menos
hacer una investigación seria que pudiera determinar nuestra
inocencia y arrojar nombres conocidos por ellos”, afirma Rolando.
Los hermanos Guevara lamentan que las autoridades no hayan prestado
mayor atención a sus denuncias por la forma como fueron aprehendidos
por los funcionarios policiales y las torturas de las que aseguran
haber sido víctimas antes de ser presentados ante los tribunales. Ese
caso fue archivado.
“Mi esposa formuló las respectivas denuncias. Una de ellas reposa
en la Fiscalía 126 del Ministerio Público, para la época dirigida
por un abogado de apellido Lárez, quien en su oportunidad fue sincero
y manifestó que en nuestro caso no podía hacer una investigación ya
que los posibles autores de las torturas eran funcionarios policiales
y ningún organismo policial se prestaría a realizar esta averiguación”,
explica Rolando.
“Adicionalmente estos funcionarios contaron con la complicidad de médicos
de la Disip y de su medicatura forense, que produjeron constancias de
que estábamos en perfecto estado. Tampoco actuaron los funcionarios
de la Defensoría del Pueblo”, completa Otoniel.
Niegan toda vinculación con irregulares colombianos o con miembros
del exilio cubano en Miami
y aseguran que tampoco conocían a los señalados como presuntos
autores intelectuales del atentado, salvo a Salvador Romaní, quien
trabajó en la Disip.
Los Guevara no descartan la posibilidad de apelar a instancias
internacionales y, aún con el peso de condenas cercanas a los 30 años
de cárcel, confían en que algún día los tribunales venezolanos
admitirán su inocencia.