06-18-2005

Carlos Blanco // La aparición de los bufónidos



Es una familia zoológica, la de los sapos comunes o verdaderos. Dícese
también de los antiguos revolucionarios ahora transmutados en soplones,
acusetas, represores o cómplices del tinglado cruel que construyen contra la
disidencia. El país sufre la invasión de la familia de los bufónidos, cuyos
miembros están rodeados del mosquero insoportable con que Pedro León Zapata
los retrata para siempre. Ya se sabe que el Gobierno tiene centenas de
víctimas entre presos políticos, imputados, exiliados, torturados y muertos.
A este narrador le inquieta, sobre todo, el mecanismo por medio del cual los
antiguos defensores de los derechos humanos hoy pueden, sin que se les mueva
un músculo de la conciencia, asumir la defensa de la represión. No es fácil
comprender.

En este gobierno hay personas que vivieron su vida en luchas genuinas contra
la injusticia; que, en verdad, les dolía la existencia de presos políticos y
de atropellos horribles; que se indignaban con sinceridad ante el uso del
Poder Judicial con fines políticos.

Esa lucha llevó a muchos a formar comités por la libertad de los presos, a
denunciar las torturas y las injusticias. José Vicente Rangel fue el más
emblemático, precisamente porque no estuvo personalmente en la lucha armada,
pero defendió a quienes estándolo eran víctimas de la represión al margen de
la ley; pero, no fue el único. En las filas del actual gobierno hay muchos
que, a diferentes escalas, saltaban de la rebelión armada, la conspiración o
la disidencia radical, a la participación en comités que los protegieran a
ellos y a sus compañeros.

En frecuentes casos, los presos o perseguidos se habían enfrentado con las
armas a los gobiernos democráticos; sin embargo, se entendía que era posible
luchar por su libertad a pesar de que se hubieran alzado, y, al cabo del
tiempo, era posible lograr algún compromiso para que volvieran a la calle.
Allí estaban, puntualmente, muchos chavistas de hoy para demandar
comprensión, generosidad y rectificación. Otras veces hubo crímenes
horribles, como los de Alberto Lovera o Jorge Rodríguez, y era posible
enjuiciar a sus autores, demandar justicia y obtener resultados.

Hoy, esos mismos, esos que conocen a qué saben la cárcel y los
allanamientos, esos mismos son los agentes de la más implacable persecución
contra la disidencia en la América Latina de hoy. No se trata de un
personaje de segunda categoría como Tascón, pieza del engranaje represivo
personal de Chávez. Sino de otras figuras del régimen, convertidas en
agentes directos de la acción vengadora del oficialismo. Esos que eran
capaces de "temblar ante las injusticias" hoy son sus promotores.

¿Es que los personajes cambiaron tan radicalmente que ya la muerte o la
prisión de humanos no les importa? ¿Es que la revolución es un valor que
consideran tan superior que es capaz de subordinar todo otro valor? ¿Es que
el poder es tan irrenunciable como para sacrificar todo en su altar?

Este narrador ha encontrado a antiguos amigos, de esos que temblaban ante
las injusticias, aplaudiendo la prisión de los opositores, felices con los
despidos de los trabajadores petroleros, "explicando" y justificando la
represión. Al revés de los cuentos, en que los sapos se transformaban en
príncipes, esta vez viejos luchadores sociales se han transformado en
horribles sapos. Tal vez la peor de las maldiciones que este régimen ha
traído es la de haber convertido a un importante grupo de la izquierda
venezolana, de remotos idealismos, en un hatajo de despreciables sicarios
políticos.


carlosblancog@cantv.net